No todo en estos cuatro días es beber, que si, esta bien, siempre con moderación, por supuesto, pero algo habrá que llevarse a la boca que al masticarlo atravesar el esófago y llegar al estómago haga de esponja, que si no, mal iríamos.
Avisamos desde ya que nuestra Cocina no tiene matices del nivel Top, que lo más parecido a una esferificación son los guisantes de la paella, que dicho sea de paso pueden acabar aterrizando encima de la muralla tras un vuelo sin motor de unos 43 metros. Que no usamos relojes ni termómetros para regular el punto de cocción, que si así lo hiciéramos, nunca hubiéramos sabido que el punto de combustión instantánea del tomate coincide con el momento exacto en el que el hierro del paellero se torna maleable.
Y no sabemos muchas más cosas, pero lo que si sabemos es que cuando aprieta el hambre, si dejas un paellero, puchero o cazuela, encima del fuego y dentro pones cosas que a casi todo el mundo gustan (menos los guisantes congelados, esos se ponen por puro postureo, a nadie le pueden gustar esas pelotitas ultra congeladas) te armas de paciencia para que el cocinitas de turno decida que esa paella,guiso o macarrones, están preparados; que si haces todo eso, la gente comerá a dos carrillos, con ansia pura, no importándole demasiado que es exactamente lo que hay en su plato, cualquier revoltijo pseudocomestible de alimentos le parecerá tan deleitoso como el mejor de los manjares.

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